Durante gran parte de mi vida, funcioné con un mandato silencioso, casi invisible, grabado a fuego en mí: "Las necesidades de los demás van primero. Las tuyas, Diego, para el final. Si es que queda tiempo".
Estoy seguro de que sabés de qué hablo. Esa sensación de tener que hacer lo que los demás quieren o esperan, esa habilidad casi telepática para anticipar sus deseos y cumplirlos, dejando los tuyos en un cajón bajo llave. Viví creyendo que esa era mi personalidad. "Soy así, servicial, complaciente".
Pero al sumergirme en mi historia con la Bioexistencia Consciente, descubrí que debajo de ese "rasgo de personalidad" había una herida mucho más profunda, una raíz que lo alimentaba todo: el abandono.
Lo curioso es que, si miro mi infancia, no hubo hechos concretos. Mis padres no me abandonaron. Pero la sensación estaba ahí, como una música de fondo constante y melancólica, dictando cada uno de mis pasos. Y ahora entiendo por qué.
Ese mandato de complacer a todos no era más que una estrategia desesperada de mi alma para evitar el abandono. Y no solo para evitar que me abandonen a mí, sino, y esto fue lo más revelador, para evitar abandonar yo a otros.
Porque al recorrer mi árbol, al caminar por las vidas de mis ancestros, la película se mostró completa. En esa película, a veces me tocó el papel de la persona abandonada, sintiendo en mi propio cuerpo sus interpretaciones: "Me dejó porque no le hice caso", "No me cuida porque no lo merezco", "Tengo que hacer más para que me acepten".
Pero muchas otras veces, me tocó el papel del que se fué. Del que abandonó. Y pude sentir el dolor que provocó y el juicio de todo el clan que me convertía en "el malo" por haber dejado a mi familia.
Mi alma llegó a esta vida con las dos memorias intactas. Llevo dentro de mí el dolor del que fue dejado y la culpa del que se fue. Es un cóctel perfecto, diseñado para que en ésta vida, mi única misión inconsciente fuera de poner toda mi atención en el otro, y nunca en mí. Ya sea para compensar la atención que siendo mis ancestros no dí, o para asegurarme de ser tan indispensable que a nadie se le ocurra, nunca más, dejarme.
Y ahora, a medida que esas historias sanan en las consultas, siento cómo esas sogas invisibles que me sostenían y me tironeaban desde el pasado, se van cortando. Una por una.
La sensación es de una liberación inmensa. Y, a la vez, de un vértigo aterrador.
Porque de repente me encuentro en el medio de la nada, sin las cuerdas que me definieron. Porque mi identidad, el "Diego" que conozco, estaba construido sobre esa herida, sobre ese mandato de complacer para evitar el abandono. Y si ya no soy ése... ¿entonces quién soy?
Es el desafío más grande y difícil: atreverme a dejar de ser quien era. Y es, también, la oportunidad más hermosa: la de recrearme desde cero. La de elegir, por primera vez, quién quiero ser, no por miedo a una vieja herida, sino por amor a mi propia y nueva verdad.
Te abrazo en este viaje de soltar lo que fuimos, para descubrir quiénes podemos llegar a ser.
Diego
PD: A veces, el mayor acto de amor propio es atreverse a decirle NO a quienes se acostumbraron a que te abandonaras a vos mismo.


Diego Rouco
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