A veces pensamos que por ser consultores o por llevar años en el camino de la consciencia, ya "nos las sabemos todas". Y a veces caemos en la trampa: creemos que con identificar el conflicto, el trabajo está hecho.

Pero esta semana, mi cuerpo me dio una lección de humildad.

No fue mi hijo, ni un problema externo, ni el caos de la rutina. Fue mi músculo supraespinoso. Un dolor punzante en el hombro que me frenó en seco.

Yo ya sabía qué conflicto estaba transitando. Lo tenía "mapeado" mentalmente. Podía hablar de él, explicarlo y hasta justificarlo. Pero el dolor seguía ahí, gritando cada vez que intentaba levantar el brazo.

Ahí entendí la diferencia entre "entender" y "comprender biológicamente".

La precisión quirúrgica del síntoma

El supraespinoso no se inflama por un concepto general. Se activa cuando hay una desvalorización profunda respecto a una responsabilidad.

Es un un conflicto de hombro en clave de responsabilidad e impotencia específicas: “tengo que iniciar/elevar una tarea” y, al mismo tiempo, “siento que al abrir el ala desprotejo a alguien bajo mi cuidado”.

El dolor aparece para impedir el gesto que el inconsciente juzga amenazante: comenzar algo nuevo o sostener una exigencia, mientras se percibe que al “levantar el ala” se deja desamparado a un hijo real o simbólico, madre/padre dependiente, o un proyecto-criatura.

Mi mente decía: "Ya sé que me siento exigido por éste tema". Pero mi supraespinoso me decía: "No es exigencia, es que sentís que no tenés el derecho (o la fuerza) para iniciar este proyecto por vos mismo sin descuidar a tu hijo".

El cuerpo no usa metáforas vagas. El síntoma es un hilo de Ariadna que te lleva al detalle exacto de la historia:

  • ¿A quién en tu árbol le prohibieron "levantar el vuelo"?

  • ¿En qué momento sentiste que tu acción era peligrosa para el clan?

El cuerpo es el último espejo

Cuando el espejo no está afuera, sino en tu propia carne, el mensaje no es confuso, es extremadamente puntual. El dolor en el hombro me estaba contando una profundidad de mi historia familiar que mi intelecto quería pasar por alto para no sufrir.

Hoy agradezco a ese músculo. Porque me obligó a dejar de "analizar" para empezar a sentir la desvalorización que todavía estaba ahí, escondida debajo de capas de teoría.

Sanar no es saber el nombre del conflicto. Sanar es permitir que la verdad que el cuerpo grita, finalmente nos atraviese.

¿Y vos? ¿Tenés algún dolor "recurrente" que ya creés haber descodificado pero ahí sigue? Quizás no te está pidiendo que lo entiendas más, sino que sientas lo que todavía te da miedo sentir y aceptar.

Si estás listo/a para dejar de dar vueltas alrededor del síntoma y querés bajar a la profundidad de lo que tu cuerpo te está diciendo, estoy acá para acompañarte.

Un gran abrazo,

Diego.

Diego Rouco

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