En nuestro encuentro anterior, te compartí esa sensación de que, a veces, el proceso de consulta nos rompe en mil pedazos. No por maldad, sino para darnos la oportunidad de volver a armarnos, de elegir conscientemente qué piezas conservar.



Pero, ¿qué pasa cuando, después del temblor, nos aferramos a los escombros?



Hoy quiero hablarte de la fuerza más sutil y poderosa que nos impide reconstruirnos: la adicción a nuestra propia personalidad.



Suena extraño, ¿no? Nadie elegiría ser adicto a su propio sufrimiento. O al menos, no conscientemente. Pero desde la Bioexistencia Consciente, entendemos que la personalidad no es quienes somos en esencia; es un traje de supervivencia que nos hemos puesto. Un conjunto de programas, creencias y reacciones automáticas que en algún momento nos sirvieron para estar a salvo.



Y como todo programa que garantiza la supervivencia, nuestro sistema se vuelve adicto a él.



Me pasó a mí. Y quiero compartirte un fragmento de mi diario, de una conversación cruda frente al espejo:



Cuando me desperté de mi ensoñación, estaba mirándome al espejo. Y me veía perdido, con una expresión de víctima.



“¿Qué te pasa Diego?” me dije a mí mismo. “Es que no entiendo por qué mierda sigo nadando en este estado de ánimo tan deprimente”, me respondí.



Y la charla continuó... “Entiendo que estoy acostumbrado y que de alguna manera me queda muy pero muy cómodo sentirme así. Pero al mismo tiempo, la paso mal porque en realidad lo que me gusta es disfrutar de mi vida. Muchas cosas hermosas y extraordinarias están ocurriendo a mi alrededor... y yo soy partícipe, y cuando puedo disfrutarlas... me siento pleno, en paz, agradecido… Pero sin darme cuenta nuevamente voy cayendo otra vez en el victimismo, la queja, la melancolía”.



.- Y si Diego, es lógico. Los hábitos son fuertes y a nuestro cuerpo lo hacen sentir en un lugar seguro, aunque la sensación general sea desagradable. Es lo conocido.





.- Claro, lo comprendo perfectamente… Pero estoy harto, enojadísimo por no poder salir de este lugar de mierda.



Esa conversación fue un punto de quiebre. Me di cuenta de que mi "personalidad melancólica" no era un rasgo inmutable. Era un hábito. Una adicción. Un refugio seguro para mi inconsciente, aunque para mi consciencia fuera una cárcel.



Desde la Bioexistencia, el síntoma y la identidad son lo mismo. Mi síntoma (la melancolía) se correspondía perfectamente con una identidad (la víctima). Y sin darme cuenta, mi cerebro repetía ese programa una y otra vez, porque en algún momento de mi historia —y de la historia de mis ancestros—, ese rol de víctima fue la única solución para sobrevivir.





¿Cómo se rompe una adicción tan profunda?



No se lucha contra ella. Luchar contra tu personalidad es luchar contra ti mismo. La clave es la que me susurró mi propia conciencia en ese momento frente al espejo:





“Sé que esto te va a molestar más todavía, pero para salir tenés que salir. Y para eso, lo primero es la emocionalidad. No podes estar bien si vas a seguir cargando toda esa furia, ira, rabia y bronca. Primero lo primero. Y ya sabés que hacer.”



La adicción se desactiva cuando traemos a la luz la historia que la creó y liberamos la emoción que quedó atrapada en ella. Cuando, almohadón en mano, me permití sacar toda esa furia sin juzgarla, no estaba simplemente "desahogándome". Estaba cortando el circuito. Estaba demostrándole a mi inconsciente que ya no necesitaba ese viejo programa para estar a salvo.



Al liberar la emoción, la identidad cambia. Y cuando la identidad cambia, el síntoma (la adicción a ser de una manera determinada) simplemente se diluye. Ya no tiene un propósito.



Te invito a que te mires al espejo. No para juzgarte, sino para preguntarte con infinita compasión: ¿A qué versión de ti eres adicto/a? ¿Qué historia está pidiendo ser escuchada detrás de ese rasgo que crees inamovible?



El camino para dejar atrás los escombros no es barriéndolos a la fuerza, sino entendiendo por qué cada uno de ellos fue, en su momento, parte fundamental de la estructura.



Un abrazo grande,



Diego.

Diego Rouco

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