Te escribo hoy en medio de una de las paradojas de este viaje de la consciencia...



Llevo casi 20 años explorando, sanando y acompañando a otros a sanar. Me encanta hacerlo. Siempre lo viví como un proceso amoroso de descubrimiento. Pero desde que soy padre, una nueva voz, una especie de mandato interno, empezó a sonar fuerte:



"Dale, apurate", me dice. "Apurate a sanar todo esto que te pesa. Arreglálo ya. Una vez que termines, de una vez por todas, vas a poder descansar de verdad."



Y yo le hago caso. Me pongo a correr una carrera interna, una maratón de sanación que me deja más agotado que al principio. La pasión que siento por este camino, la que me define desde hace veinte años, de repente se siente como una obligación.



Y en esta última semana, mientras buscaba el origen de esta prisa, cerré los ojos y la vi. No era una idea, era una imagen viva. Vi a mi madre. Embarazada de mí, joven, caminando por los pasillos de la Universidad. Sentí su ansiedad, su urgencia. Su fecha probable de parto, mi llegada a este mundo, era el 17 de diciembre, y esa fecha era un muro contra el que no podía chocar. Tenía que recibirse antes. Tenía que terminar su proyecto para poder empezar otro: el de ser madre. No había plan B. Su mandato era claro: "tengo que apurarme a terminar para poder descansar y disfrutar".



Y ahí lo entendí. Con esa claridad que te atraviesa el cuerpo. Esa prisa no era del todo mía (tomando, de manera didáctica, como que yo soy solamente Diego y no soy mis ancestros, incluída mi madre). Yo no nací con prisa. Nací en la prisa. La urgencia de mi madre se grabó en mis células como una instrucción de vida. Un acto de amor y supervivencia que hoy, con la llegada de mi propio hijo, se reactivó con fuerza.



Me di cuenta de que, sin saberlo, estaba tratando mi vida como si fuera la carrera universitaria de mi mamá. Como una lista de "problemas" que tengo que aprobar para poder, por fin, "recibirme" de persona sana y descansar y disfrutar.



Y esa es la trampa más grande en la que podemos caer en este camino: creer que la sanación es un destino final.



Es como le pasó a Clara, una consultante que se autoexigía ser una "madre perfecta". Vivía agotada, sintiendo que nunca estaba a la altura. Descubrió que esa autoexigencia era su forma de serle leal a su abuela, quien no había podido criar a sus hijos y había cargado con esa herida toda su vida. Clara no estaba viviendo su maternidad; estaba intentando reparar, con una prisa desesperada, una historia que no era suya (otra vez, para poder expresar lo que no se puede expresar con palabras, tomo como la identidad de Clara separada de su abuela. Pero es más cercano a la verdad decir que Clara es su abuela y todos sus ancestros, y toda la realidad desplegada alrededor suyo).



Sanar no es una carrera. Es más parecido a cuidar un jardín.



Un jardinero nunca "termina" su jardín. Lo acompaña. Disfruta el olor a tierra mojada, quita una maleza con paciencia, se asombra con una flor que no esperaba. Sabe que siempre habrá algo por hacer, porque la vida es movimiento. Y la paz no la encuentra cuando el jardín está "perfecto", sino en el acto amoroso de cuidarlo cada día.



Te cuento todo esto porque sé que a vos también te pasa o te podría pasar. Esa presión por ser la madre o el padre "ya resuelto" para tu hijo. Esa voz que te dice que no es suficiente.



Hoy te invito a que te detengas un segundo en medio de tu propia carrera. Y te preguntes: ¿Esta prisa es mía? ¿O es la prisa de alguien más en mi árbol? ¿Y si la paz que busco no está en la meta, sino en aprender a caminar a mi propio ritmo?



Si esta historia te resuena, si querés saber más sobre cómo estos mandatos invisibles nos moldean, te invito a escuchar el capítulo completo del podcast donde profundizo en esta experiencia.



Escuchá el Episodio: "¿Y si la Meta no Fuera 'Sanar del Todo'?"



El trabajo que hacemos en el espacio de la consulta es justamente este. No se trata de correr más rápido, sino de aprender a detener la carrera. De abrir la mochila, mirar las historias que cargamos y saber que somos esas historias y que estamos constantemente intentando resolverlas o repetirlas.





Gracias por estar ahí, por leer hasta el final.



Un abrazo, de un jardinero a otro.



Diego



P.D.: El mayor regalo que podés darle a tu hijo o dejar como legado no es tu perfección, sino tu humanidad. El permiso para ser, vos también, un hermoso proceso en construcción.



Diego Rouco

¡¡Suscribe para que te notifique de las novedades!!