Hay pocas palabras que, como padre, me hayan generado tanto miedo y un nudo tan apretado en el estómago como la palabra "adicción". Ver a un hijo refugiarse en algo de forma descontrolada, sentir que lo pierdes en una pantalla, en el azúcar, en lo que sea... te rompe. Te llena de una impotencia que quema.



Mi primer impulso, hace años, era la lucha. Querer arrancar el problema de raíz, controlar, prohibir, arreglar. Creía que mi trabajo era "solucionar" a mi hijo. Hoy, mi primera acción es muy distinta: es el silencio. Es la pausa. Y es una pregunta que lo cambia todo: "¿Para qué estás acá? ¿Qué parte de mi historia vienes a mostrarme?".



En este camino de la Bioexistencia Consciente, una de las revelaciones que más me impactó fue dejar de ver la adicción como un error. Comprendí que no es un fallo, ni una debilidad, ni una enfermedad. Es una solución. Una solución biológica, perfecta y coherente, a un dolor que ocurrió mucho antes.



Me sigue pareciendo increíble que el mismo mecanismo inconsciente que puede crear una alergia para obligarnos a "evitar a toda costa" algo que se grabó como peligroso, es el que crea una adicción para obligarnos a "repetir a toda costa" algo que se grabó como una solución de supervivencia. No es un sistema roto; es un sistema de una lealtad absoluta a nuestra historia.







Y entonces, miro a mi hijo. Y ya no puedo evitar verlo como el espejo más sensible y amoroso de mi propia historia.



Cuando veo en el una conducta que se repite, un refugio, un "exceso de", el viaje ya no es hacia afuera, para intentar cambiarlo a él. El viaje es hacia adentro, hacia mí. Me obligo a recordar, con una honestidad que a veces duele, cómo estoy hoy en este momento de mi vida, y cómo estábamos nosotros como pareja, en ese periodo sagrado y silencioso que fue su "Proyecto Sentido". ¿Qué miedos me habitaban antes de que él llegara? ¿Qué tensiones callaba mientras crecía en el vientre de su madre? ¿Qué conflictos había en el aire de la casa?





Recuerdo esa imagen, casi universal, de un niño pequeño que aprende a caminar. Durante meses, todo su ser se enfoca en un objetivo: atravesar ese espacio de incertidumbre para llegar a un puerto, a los brazos de su madre o su padre. Ese es su primer gran circuito de recompensa: el esfuerzo me lleva a un abrazo, a un lugar seguro.





Pero, ¿cómo estaba ese puerto? ¿Cómo estaban esos brazos que lo recibieron? ¿Estaban en paz? ¿O estaban cargados de ansiedad, de un duelo no resuelto, de una pelea contenida, de una preocupación económica asfixiante?



Si ese puerto era una tormenta, el niño graba a nivel celular: "llegar al final no es seguro". Y años más tarde, quizás nos encontramos con un joven que no puede terminar lo que empieza, o que busca "recompensas" artificiales, rápidas e inmediatas. Su sistema no confía en la recompensa del esfuerzo real porque su primera experiencia le enseñó que no era un lugar seguro. Su "adicción" no es el problema; es la solución perfecta para no volver a ese puerto doloroso.





Así que el trabajo, como siempre, vuelve a mí. La conducta de mi hijo se convierte en el mapa más preciso y amoroso que podría tener. Un mapa que me señala las heridas de mi propia infancia, los duelos no resueltos de mis ancestros, los secretos de mi clan. Su síntoma es una brújula que me apunta de regreso a casa, a mi propia historia.



Al sanar yo, al liberar la emoción que quedó atrapada en mi pasado, él, "como por arte de magia" que es realidad es lógica pura, queda libre. Libre de tener que seguir contando una historia que nunca fue suya. Y entiendo que su síntoma nunca fue un ataque ni un problema. Fue, y siempre será, un acto de amor inmenso.



Un abrazo grande en este viaje alucinante hacia adentro.



Diego.

Diego Rouco

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