Hay momentos en la vida que se sienten como una tormenta en altamar. Una ola gigante que no vimos venir nos golpea, el barco cruje, y de repente, todo es caos, agua y viento. El miedo nos paraliza.



En ese instante de crisis, de "sálvese quien pueda", nuestro capitán consciente, el que traza los mapas y elige el rumbo, queda sobrepasado. Y sin que nos demos cuenta, se activa un protocolo de emergencia. El control pasa a un viejo piloto automático que llevamos instalado en las profundidades de la nave.



Este piloto automático es nuestro inconsciente en modo supervivencia. Su única misión es asegurarse de que el barco no se hunda. Y para hacerlo, no innova, no crea nuevas rutas. Su única herramienta es un antiguo y polvoriento libro de bitácora donde están registradas todas las tormentas que este barco (nuestra vida) y toda la flota a la que pertenece (nuestro clan) han enfrentado.



En medio del pánico, el piloto automático busca a la velocidad de la luz en ese libro. No busca la mejor solución, ni la más feliz. Busca una sola cosa: la maniobra que en el pasado dio por resultado VIDA. Y al mismo tiempo, evitará a toda costa cualquier rumbo que en el libro esté marcado con una calavera: MUERTE o SEPARACIÓN.



Así, en piloto automático, no estamos eligiendo. Estamos repitiendo. El estado emocional que sentimos, los pensamientos que nos invaden, las acciones que tomamos... todo es parte de un programa pregrabado. La receta de supervivencia de un ancestro que vivió una crisis que, para nuestro inconsciente, se parece a la nuestra.



El problema es que, en ese estado de agitación, no hay calma. No hay quietud. Y sin quietud, no hay consciencia. Estamos atrapados dentro de la película, actuando un guion que no escribimos.



Pero hay una forma de recuperar el timón. Incluso en medio de la tormenta. Consiste en encender un faro. El faro de la consciencia. Y eso lo hacemos a través de las preguntas correctas.



En esos momentos, tener a mano estas preguntas puede cambiarlo todo. Son el ancla que nos permite frenar la reacción automática y empezar a elegir de nuevo. Te las comparto porque son la brújula que uso para navegar mis propias tormentas:



1. ¿Cuál es mi síntoma o situación desafiante en esta crisis?



Ponerle nombre. Mirarlo de frente, sin adornos. Si ya lo vengo trabajando, tomo ése. Sino, el de la crisis. "No llego a fin de mes", "Mi hijo no me habla", "Siento una angustia constante". Definir al dragón es el primer paso para dejar de huir de él.



2. ¿Cómo es mi presente? (Como si vieras una foto de otro)



Este es el ejercicio de salir de la película. Imagina que tu vida es una escena y vos estás en la butaca del cine. ¿Qué ves? Sin juicio, solo describiendo. "Veo a una mujer que corre todo el día, con el ceño fruncido, que no duerme bien". Esta distancia te da perspectiva y te saca del drama emocional. Además te permite buscar "similitudes" entre tu actual momento y situaciones de tus padres, abuelo, bisabuelos, etc.



3. Si me mantengo así, ¿hacia dónde voy?



Una pregunta brutalmente honesta. Es proyectar la línea. Si seguís en este mismo barco, con este mismo piloto automático, ¿en qué puerto vas a terminar en seis meses? ¿En un año? A veces, ver el destino de la repetición es el mayor incentivo para cambiar de rumbo.



4. ¿Qué estoy intentando reparar con mi síntoma?



Esta es la pregunta del alma. Tu síntoma, tu crisis, no es un error. Es un mensajero. Te está mostrando una herida abierta en tu historia familiar, en tu vida larga. ¿Qué conflicto de abandono, de injusticia, de ruina, estás intentando sanar o compensar sin darte cuenta? Tu propósito biológico y el de tu alma, están íntimamente ligados a la respuesta.





Estas preguntas son para la mente y son para el cuerpo. Son para sentirlas. Son el faro que, en medio de la tormenta, nos permite apagar el piloto automático, tomar el timón y empezar a navegar, conscientemente, hacia nuestro propio puerto.



Un abrazo inmenso,



Diego



P.D.: La crisis no llega para destruirte. Llega para mostrarte qué parte del viejo guion familiar estás listo para reescribir.

Diego Rouco

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